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sábado, 31 de mayo de 2008

La terquedad de nuestro vecino

Contra la terquedad no valen argumentos. A una persona obstinada se le pueden presentar todas las pruebas de que está equivocada, pero esto no bastará para que cambie de opinión. Estas personas se convencen a sí mismas de que sus ideas más descabelladas son ciertas, e intentan convencer a los demás, eludiendo cualquier discusión en su contra y, en los peores casos, insultando o denigrando a quienes intentan desafiar sus afirmaciones dogmáticas con argumentos.

Este es el caso del presidente Chávez, quien se ha imbuido a sí mismo en un papel histórico que, siendo objetivos, está muy lejos de desempeñar. En su disparatada utopía, no se da cuenta, o no quiere darse cuenta de las innumerables contradicciones de su arcaico discurso y del perjuicio que le ocasiona al pueblo venezolano con sus andanadas de insultos a los que no comparten sus opiniones. Afirma ser enemigo de la globalización, pero la utiliza para difundir su ideología demagógica; se proclama defensor de la unidad latinoamericana, pero critica e insulta a los gobiernos de los países vecinos con discursos incendiarios que no contribuyen para nada a conseguirla; suelta los peores improperios contra los Estados Unidos, pero continúa con el intercambio comercial con este país, sabiendo que es mucha mayor la dependencia de Venezuela del petróleo que Estados Unidos le compra que la que podría tener este país de dicho suministro; utiliza los inmensos recursos que por la exportación de petróleo y derivados ingresan a Venezuela, pero ha dejado en manos incompetentes el manejo de las empresas petroleras estatales, empobreciendo grandemente la calidad de los derivados refinados en Venezuela... En fin, la lista de incoherencias es interminable.

Pero lo más grave de todo, y lo que más podría traer nefastas consecuencias tanto al pueblo Venezolano como a sus vecinos, es el apoyo soterrado y constante que le ha dado a la guerrilla colombiana, a sabiendas que las contradicciones de la guerrilla con aún más profundas y que, como ocurre con todos los pactos con delincuentes, las FARC tienen motivaciones completamente distintas a las que supuestamente animan a Chávez y en el momento en que lo crean necesario se volverán en su contra. Y a pesar de la cantidad de indicios y material documental que sugiere la existencia de estos acuerdos entre el gobierno venezolano y la guerrilla, insiste en negarlos y minimizar su importancia, pero no con argumentos lógicos, sino acusando de payasos a la Interpol y el gobierno colombiano. Obviamente, muy difícilmente aceptaría Chávez haber ayudado de alguna forma a las FARC, cuando sabe las graves implicaciones que esto tendría para él si el caso llegara al tribunal de La Haya y la Corte Penal Internacional, y las sanciones que recibiría Venezuela, lo cual daría al traste con su proyecto expansionista-integracionista. Y si esto llegara a suceder, muy seguramente con los dedos acusadores de toda la comunidad internacional apuntándole y a las puertas de una condena, lo seguirá negando y acusará a la ONU, La Haya y todos los organismos internacionales de payasos y mafiosos.

Así les ha sucedido a todos los dictadores o gobernantes ebrios de poder que, sumergidos en el universo propio que se han creado, no son capaces de ver y reconocer cuando definitivamente deben dar un paso al lado y dejar que las cosas sigan su curso y los pueblos decidan su destino. Algo similar le sucedió a Napoleón confinado en la isla de Santa Elena, a Hitler arrinconado en su búnker en Berlín e incluso a Bolívar durante su último viaje por el río Magdalena. Tal vez Chávez esté intentado emular los comportamientos de estos y otros personajes históricos, quizás pensando que, para bien o para mal, con esto ocupará un lugar similar al de ellos en los libros de historia.

miércoles, 17 de octubre de 2007

El "Menos Pior"

Después de ver los debates entre los candidatos a la alcaldía de Cali que puntean las encuestas en estos momentos, queda cierto mal sabor de boca, una insatisfacción que tal vez deriva de la falta de concreción de las propuestas, o al atisbo demagógico que tiene cada una de las intervenciones. No debería sorprendernos, pues Cali en los últimos años se ha caracterizado por la ausencia de líderes, lo cual resulta sumamente grave para una ciudad en constante crecimiento, cuya infraestructura no da abasto y con un serio problema de falta de conciencia de ciudad de su población, lo que se ha visto reflejado de manera acorde en sus gobernantes. Así pues, en cada proceso electoral aparecen las mismas alternativas de siempre: los representantes de la politiquería tradicional o de las élites que observan el desgreño de la ciudad con proverbial apatía, o los candidatos populares, con gran aceptación entre la mayoría de la población por su origen, pero que a pesar de sus buenas intenciones no cuentan con la idoneidad o la experiencia para desenvolverse en cargos públicos de tan alta responsabilidad, o para lidiar con los tejemanejes tan habituales en la política nacional. De lo uno y lo otro hemos tenido bastante los caleños en las últimas décadas. Y ni hablar de lo podemos encontrar cuando echamos un vistazo a las demás corporaciones públicas para las que elegiremos representantes el próximo 28 de octubre, como el concejo, la asamblea departamental o la gobernación: toda clase de rencillas, chismorreos o denuncias en boca de candidatos de todos los talantes y calañas.

Queda entonces la sensación de que el voto de conciencia se reduce a elegir a los que por lo menos no le hagan más daño a Cali, o en lenguaje más coloquial, al “menos pior”. Triste conclusión para una ciudad que necesita como nunca, una gran confianza en las instituciones estatales y un grupo de líderes honestos y capaces que nos permitan recuperar un poco el optimismo por el futuro de nuestra amada Cali.

viernes, 23 de febrero de 2007

¿Por qué entre más años tienes, más rápido se te pasan?

Alguien me hablaba por ahí de la crisis de los 24, que en la mayoría de las personas corresponde a la transición de la juventud a la edad adulta. Creo que esta edad tiene mucho en común con aquel paso de la adolescencia a la juventud, que en mi caso ocurrió a los 14 aproximadamente. Sin embargo, estos cambios están mucho menos documentados, tal vez porque cuando alguien se considera adulto, asume que los demás no deben enterarse de sus revoluciones internas, o tal vez porque sencillamente no hay tanta atención encima de uno como en la adolescencia.

Hace tres semanas cumplí 24 años, y aunque he tratado de encontrarle un significado a ese número, la verdad es que no noto mucha diferencia, exceptuando el hecho de que el tiempo transcurre con mayor rapidez, como si la vida consistiera en bajar por una pendiente cada vez más inclinada. Quizá si me siento a pensar con más calma en que ya ha pasado desde mi nacimiento más de un tercio del tiempo que corresponde a la expectativa de vida en mi país, en que a esta edad ya Mozart había compuesto decenas de sonatas, sinfonías y conciertos, en que tengo los mismos años que tenía mi madre cuando yo nací, y otras cosas por el estilo, me angustie un poco, me asuste, o tal vez solamente me resigne.

Pero por ahora, prefiero no dejarme invadir por el pesimismo, pensar más en el vaso medio vacío, y sobrellevar la angustia del tiempo manteniéndome ocupado. Tal vez así pueda evitar más adelante las otras crisis, las de verdad, las peores, las de las oportunidades perdidas y las metas truncadas, cuando ya vea de cerca el final de la pendiente.

jueves, 22 de febrero de 2007

Para comenzar...

Bueno, un poco a regañadientes pero también obedeciendo a esa necesidad humana básica de expresar su opinión (incluso cuando no es escuchada), he decidido meterme en este asunto de los "blogs". Sin embargo, dada mi poca disponibilidad de tiempo, no será un sitio muy dinámico, pero igual intentaré hacerlo medianamente interesante.

Por ahora creo que es suficiente; no me encuentro particularmente inspirado en este momento, así que me limito a este corto mensaje que solo pretende iniciar lo que, espero, sea una prolífica labor de escritura y desahogo. Hasta la próxima.