Contra la terquedad no valen argumentos. A una persona obstinada se le pueden presentar todas las pruebas de que está equivocada, pero esto no bastará para que cambie de opinión. Estas personas se convencen a sí mismas de que sus ideas más descabelladas son ciertas, e intentan convencer a los demás, eludiendo cualquier discusión en su contra y, en los peores casos, insultando o denigrando a quienes intentan desafiar sus afirmaciones dogmáticas con argumentos.
Este es el caso del presidente Chávez, quien se ha imbuido a sí mismo en un papel histórico que, siendo objetivos, está muy lejos de desempeñar. En su disparatada utopía, no se da cuenta, o no quiere darse cuenta de las innumerables contradicciones de su arcaico discurso y del perjuicio que le ocasiona al pueblo venezolano con sus andanadas de insultos a los que no comparten sus opiniones. Afirma ser enemigo de la globalización, pero la utiliza para difundir su ideología demagógica; se proclama defensor de la unidad latinoamericana, pero critica e insulta a los gobiernos de los países vecinos con discursos incendiarios que no contribuyen para nada a conseguirla; suelta los peores improperios contra los Estados Unidos, pero continúa con el intercambio comercial con este país, sabiendo que es mucha mayor la dependencia de Venezuela del petróleo que Estados Unidos le compra que la que podría tener este país de dicho suministro; utiliza los inmensos recursos que por la exportación de petróleo y derivados ingresan a Venezuela, pero ha dejado en manos incompetentes el manejo de las empresas petroleras estatales, empobreciendo grandemente la calidad de los derivados refinados en Venezuela... En fin, la lista de incoherencias es interminable.
Pero lo más grave de todo, y lo que más podría traer nefastas consecuencias tanto al pueblo Venezolano como a sus vecinos, es el apoyo soterrado y constante que le ha dado a la guerrilla colombiana, a sabiendas que las contradicciones de la guerrilla con aún más profundas y que, como ocurre con todos los pactos con delincuentes, las FARC tienen motivaciones completamente distintas a las que supuestamente animan a Chávez y en el momento en que lo crean necesario se volverán en su contra. Y a pesar de la cantidad de indicios y material documental que sugiere la existencia de estos acuerdos entre el gobierno venezolano y la guerrilla, insiste en negarlos y minimizar su importancia, pero no con argumentos lógicos, sino acusando de payasos a la Interpol y el gobierno colombiano. Obviamente, muy difícilmente aceptaría Chávez haber ayudado de alguna forma a las FARC, cuando sabe las graves implicaciones que esto tendría para él si el caso llegara al tribunal de La Haya y la Corte Penal Internacional, y las sanciones que recibiría Venezuela, lo cual daría al traste con su proyecto expansionista-integracionista. Y si esto llegara a suceder, muy seguramente con los dedos acusadores de toda la comunidad internacional apuntándole y a las puertas de una condena, lo seguirá negando y acusará a la ONU, La Haya y todos los organismos internacionales de payasos y mafiosos.
Así les ha sucedido a todos los dictadores o gobernantes ebrios de poder que, sumergidos en el universo propio que se han creado, no son capaces de ver y reconocer cuando definitivamente deben dar un paso al lado y dejar que las cosas sigan su curso y los pueblos decidan su destino. Algo similar le sucedió a Napoleón confinado en la isla de Santa Elena, a Hitler arrinconado en su búnker en Berlín e incluso a Bolívar durante su último viaje por el río Magdalena. Tal vez Chávez esté intentado emular los comportamientos de estos y otros personajes históricos, quizás pensando que, para bien o para mal, con esto ocupará un lugar similar al de ellos en los libros de historia.
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sábado, 31 de mayo de 2008
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